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La sonrisa es una de las primeras formas de comunicación que utilizamos para relacionarnos con los demás. Mucho antes de pronunciar palabras, un bebé puede expresar agrado, reconocer a quienes lo rodean y establecer un vínculo a través de ella. Hacia el segundo mes de vida aparece la llamada sonrisa social, una respuesta intencional que surge ante la mirada, la voz o las expresiones de otra persona y que, a su vez, provoca nuevas respuestas en quienes interactúan con el bebé. Así, sonreír deja de ser solo un gesto y se convierte en un verdadero acto social: una manera de llamar la atención, responder, conectar y participar en un intercambio con el otro. Cuando existen dificultades estructurales como el labio y paladar hendido, la sonrisa puede adquirir otras características debido a las alteraciones anatómicas que comprometen las estructuras orofaciales implicadas en su expresión. La presencia de una hendidura en el labio puede modificar el movimiento, la simetría y el cierre labial, haciendo que la sonrisa se manifieste de manera diferente. Sin embargo, esto no significa que la capacidad de sonreír o de establecer vínculos sociales desaparezca: la sonrisa continúa siendo una forma de comunicación no verbal mediante la cual el niño expresa emociones, responde a las interacciones y construye vínculos con quienes lo rodean. En este sentido, la condición estructural puede transformar la manera en que se expresa la sonrisa, pero no su valor como acto social y comunicativo.

Como una forma de sembrar esperanza no solo en los niños, sino también en sus padres y familiares, surge la iniciativa de la Fundación Volver a Sonreír, que busca acompañar y transformar la vida de niños con fisura labio palatina. A través de la atención integral y el acompañamiento de profesionales de diferentes áreas, la fundación trabaja para recuperar y potenciar funciones relacionadas con el desarrollo, la comunicación y la expresión, brindando a cada niño la oportunidad de relacionarse con mayor seguridad y, sobre todo, de volver a sonreír. Porque detrás de cada sonrisa recuperada existe una historia familiar, un proceso de esfuerzo y la posibilidad de construir un futuro con mayor bienestar y esperanza.

Esta vez, el encuentro tuvo como escenario Yopal, Casanare, una tierra marcada por la inmensidad de sus llanuras, por el calor de su gente y por esos atardeceres que parecen detener el tiempo, tiñendo el cielo de colores mientras el día llega a su fin. Allí se reunió un equipo multidisciplinario unido por un mismo propósito: transformar vidas. Cirujanos maxilofaciales y plásticos, residentes, profesionales de enfermería, instrumentación quirúrgica, anestesiología, fonoaudiología y personal administrativo llegaron dispuestos a entregar no solo sus conocimientos, sino también su tiempo, sensibilidad y compromiso. Algunos pacientes y sus familias llegaban por primera vez, con la expectativa y los nervios propios de enfrentarse a un proceso desconocido; otros regresaban para continuar un camino que ya había comenzado en brigadas anteriores. Fueron cuatro días de una jornada extenuante, iniciando con un día dedicado a la valoración integral y continuando con tres días de cirugías, recuperación y seguimiento posoperatorio. Desde fonoaudiología, la labor fue igualmente intensa: 75 pacientes fueron evaluados y atendidos en consulta fonoaudiológica; 37 fueron llevados a procedimiento quirúrgico; 26 pacientes no operados recibieron terapia, con un total de 12 sesiones terapéuticas; además, se realizaron 28 terapias preoperatorias y 90 terapias posoperatorias. Cada encuentro representó una oportunidad para acompañar, orientar y aportar desde la comunicación, la alimentación y las funciones orofaciales al proceso de cada paciente.

La magnitud de esta jornada hizo evidente que ningún resultado habría sido posible sin el trabajo en equipo. Cada profesional estaba comprometido no solamente con los pacientes que tenía asignados, sino con la misión colectiva de brindar un servicio humano, oportuno e integral, aportando desde su área de especialidad aquello que podía hacer la diferencia. Mientras unos valoraban, otros preparaban, intervenían, cuidaban, rehabilitaban o acompañaban; todos, desde su lugar, formaban parte de una misma historia. A este esfuerzo se sumó el apoyo del Hospital de la Orinoquia, cuya disposición y colaboración hicieron posible el desarrollo de la brigada y permitieron que la atención pudiera extenderse más allá del acto quirúrgico. Al finalizar, detrás del cansancio propio de cuatro días intensos, quedó una sensación profundamente gratificante: la certeza de que cuando diferentes saberes se encuentran alrededor de un mismo propósito, no solo se realizan procedimientos o terapias, sino que se abren caminos de esperanza para los pacientes y sus familias.
Detrás de cada valoración, cada terapia y cada procedimiento, había algo que las cifras no podían contar: las historias de cada familia. Durante estos días tuvimos la oportunidad de conocer realidades distintas, pero unidas por un mismo deseo: ver a sus hijos crecer, avanzar y sonreír con mayor seguridad.
Entre las historias que más nos marcaron estuvo la de un padre que, mientras acompañaba a su hija, no pudo contener las lágrimas. Lo vimos llorar detrás de su tapabocas, intentando sostenerse mientras su hija se encontraba asustada ante todo lo que estaba viviendo. En ese instante, mi compañera y yo nos miramos en silencio sin necesidad de decir una palabra, comprendimos lo profundamente que podía tocarnos aquella escena. Fue uno de esos momentos que parecen detener el tiempo y que, sin saberlo, terminarían marcando nuestra jornada. Sentimos una nostalgia difícil de explicar, pero también una profunda sensibilidad frente a lo que estábamos presenciando. Por un instante dejamos de ser simplemente profesionales en formación y fuimos dos personas reconociendo en aquel padre una emoción que también conocíamos: el amor, el miedo y la impotencia de querer proteger a alguien que amamos. Quizás por eso ese momento permaneció con nosotras durante toda la brigada y nos recordó que, detrás de cada paciente, también hay historias que nos atraviesan, nos conmueven y nos enseñan a mirar nuestra profesión desde un lugar mucho más humano.
También conocimos a una madre que nos enseñó que el acompañamiento no siempre consiste en encontrar inmediatamente una respuesta, sino también en saber escuchar. Era una madre comprometida con la estimulación y el desarrollo de su hijo, dedicada a seguir las recomendaciones y a participar activamente en su proceso. Sin embargo, llegaba con una sensación de frustración: sentía que, a pesar de todos sus esfuerzos, los avances no eran tan visibles como esperaba. Aun así, continuaba allí. Durante esos días nos acompañó en las terapias, participó, preguntó, observó y compartió con nosotros sus inquietudes. Y fue precisamente en esos espacios donde comprendimos que detrás de su preocupación había algo más profundo: necesitaba ser escuchada. Necesitaba un lugar donde pudiera expresar sus dudas, su cansancio y también ese temor.
Escucharla también fue acompañarla. Recordarle que cada proceso tiene su propio ritmo, que los avances no siempre son inmediatos ni fáciles de reconocer y que su compromiso también hacía parte de los logros de su hijo. A veces, una familia no necesita únicamente una nueva indicación o una estrategia terapéutica; necesita que alguien le diga que lo que está haciendo importa, que sus esfuerzos son valiosos y que no tiene que recorrer este camino en soledad.
Fue así como comprendimos que esta jornada no solo acompañaba a los niños. También abrazaba, de alguna manera, a sus familias. Porque mientras trabajábamos en la comunicación, la alimentación, las funciones orofaciales y el desarrollo, también estábamos aprendiendo a mirar más allá del paciente y a reconocer a quienes permanecen a su lado en cada etapa del proceso. Cada familia dejó en nosotros una enseñanza diferente. Un padre nos recordó que detrás de una preocupación siempre existe un profundo amor; una madre nos mostró que incluso en medio de la frustración puede existir una enorme perseverancia. Y entre cada conversación, cada terapia y cada mirada, entendimos que acompañar también significa escuchar, orientar, contener y brindar esperanza.
Al final, quizás una de las mayores enseñanzas de esta brigada fue comprender que devolver una sonrisa no siempre significa únicamente transformar una estructura o recuperar una función. A veces también significa devolverle tranquilidad a un padre, darle voz a una madre que necesita ser escuchada o recordarle a una familia que cada pequeño avance tiene valor. Porque detrás de cada sonrisa que buscamos recuperar, también existe una familia que merece ser acompañada en el camino. Esta versión queda más cálida y profunda, y además conecta muy bien con la idea inicial de que la sonrisa es un acto social: al final, no solo están recuperando una sonrisa física, sino acompañando todo lo que esa sonrisa representa para el niño y su familia
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