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Sentir cómo el suelo vibra bajo los pies es una experiencia que puede generar miedo e incertidumbre. A veces el movimiento es leve y casi imperceptible; en otras ocasiones, obliga a evacuar edificios y detener actividades. Aunque los sismos suelen relacionarse con emergencias y desastres, en realidad son fenómenos naturales que hacen parte del funcionamiento de la Tierra.
El planeta no es una estructura rígida ni completamente estable. La superficie terrestre está dividida en grandes fragmentos llamados placas tectónicas, las cuales se desplazan lentamente de manera constante. Aunque ese movimiento es casi imperceptible para las personas, es el responsable de la formación de montañas, volcanes y terremotos.
En muchas regiones del mundo, estas placas chocan, se separan o se deslizan lateralmente. Durante ese proceso, la energía se acumula en las rocas durante años hasta que la presión supera su resistencia y ocurre una ruptura repentina. Esa liberación de energía genera vibraciones que se propagan en todas las direcciones: eso es un sismo.
Gran parte de la actividad sísmica mundial ocurre en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, una zona que concentra terremotos y volcanes debido a la intensa interacción entre placas tectónicas. Varios países de América Latina, incluido Colombia, se encuentran dentro de esta región geológicamente activa.

Aunque muchas veces se habla del “epicentro” como el lugar donde ocurre el terremoto, el origen real está bajo la superficie terrestre. El punto donde inicia la ruptura se llama hipocentro, mientras que el epicentro corresponde al punto ubicado directamente sobre él en la superficie.
La profundidad del sismo influye en cómo se percibe. Los eventos superficiales suelen sentirse con mayor intensidad y generar más daños cerca del epicentro, mientras que los sismos profundos pueden percibirse en áreas más amplias, aunque con menor fuerza.
La mayoría de los terremotos ocurre en zonas conocidas como fallas geológicas, fracturas en la corteza terrestre donde grandes bloques de roca se desplazan entre sí. Aunque durante largos periodos estas fallas pueden permanecer aparentemente estables, la tensión interna continúa acumulándose hasta liberarse repentinamente.
Cuando ocurre esa liberación de energía, las vibraciones viajan en forma de ondas sísmicas. Algunas llegan primero y producen movimientos breves, mientras que otras generan oscilaciones más intensas y prolongadas, responsables de gran parte de los daños estructurales.
Después de un sismo, suele hablarse de magnitud e intensidad, dos conceptos que no significan lo mismo.
La magnitud mide la cantidad de energía liberada durante el terremoto. Es un valor único para cada evento y tradicionalmente se ha asociado con la escala desarrollada por Charles F. Richter.
La intensidad, en cambio, describe cómo se sintió el sismo y qué efectos produjo en un lugar específico. Para ello se utiliza frecuentemente la escala propuesta por Giuseppe Mercalli. Un mismo terremoto puede tener distintas intensidades dependiendo de la distancia al epicentro, el tipo de suelo y las características de las construcciones.
Precisamente, el tipo de terreno influye considerablemente en la forma en que se percibe un sismo. Los suelos blandos pueden amplificar las ondas sísmicas y prolongar el movimiento, mientras que las zonas rocosas suelen experimentar menor amplificación. Por esta razón, en una misma ciudad algunos sectores pueden registrar mayores daños que otros, incluso durante el mismo evento.
Los observatorios sismológicos monitorean constantemente estos fenómenos mediante instrumentos especializados llamados sismógrafos. Gracias a estos registros es posible calcular magnitud, profundidad y ubicación de los terremotos, además de fortalecer investigaciones y sistemas de prevención.
Aunque los sismos no pueden evitarse, comprender cómo ocurren permite fortalecer la cultura de prevención y reducir riesgos. La información científica y la educación son herramientas fundamentales para que las comunidades puedan prepararse y responder mejor ante futuros eventos sísmicos.
La Tierra continuará moviéndose como parte de su dinámica natural. Lo que sí puede cambiar es la manera en que las sociedades entienden estos fenómenos y se preparan para convivir con ellos de forma más segura y responsable.
Por: Edwin Solano
Global
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